Archive forDecember, 2006
Futurama y cómo acabar con el problema del calentamiento global

Resuelve este problema:
En el episodio de Futurama “Crímenes del Sofocón” para acabar con el problema del calentamiento global el profesor Hubert Farnsworth propone a los robots impulsar a la a la Tierra para alejarla del Sol, de forma que el año tiene una semana más. ¿En cuántos kilometros de se vería incrementado el radio de la órbita Terrestre?
Según he leido en La indoblable página de Bender Bending Rodriguez la espuesta 2 millones de kilómetros (atención, el razonamiento que ellos emplen para resolverlo no es el que debéis seguir) y el posible error de cálculo del profesor Farnsworth:
… aunque 2 millones de kilómetros son muchos kilómetros, la alteración producida sería prácticamente tres veces menor que la variación que actualmente sufre la distancia Tierra-Sol a lo largo del año. Teniendo en cuenta que prácticamente no hay diferencias entre las temperaturas de los veranos del Hemisferio Norte (que se producen en el afelio) y los del Hemisferio Sur (en el perihelio), es probable que esta alteración de la órbita no causase un efecto notable sobre la temperatura del planeta. No obstante, como en astronomía no se pueden hacer experimentos, esto no se puede comprobar.
En esa misma página, también podéis encontrar la respuesta a una pregunta que planteamos sobre los agujeros negros.
Carl Sagan y dragones de garaje.
El texto que os propongo leer es del libro “El mundo y sus demonios” del científico y escritor Carl Sagan. ¿Qué nos intenta explicar? Hazlo en un comentario, te valdrá para recordar algo de lo que estudiamos en el tema “El trabajo científico”.
En mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca.
Supongamos (sigo el método de terapia de grupo del psicólogo Richard Franklin) que yo le hago a usted una aseveración como ésa. A lo mejor le gustaría comprobarlo, verlo usted mismo. A lo largo de los siglos ha habido innumerables historias de dragones, pero ninguna prueba real. ¡Qué oportunidad!
- Enséñemelo – me dice usted.
Yo le llevo a mi garaje. Usted mira y ve una escalera, latas de pintura vacías y un triciclo viejo, pero el dragón no está.
- ¿Dónde está el dragón? – me pregunta.
- Oh, está aquí – contesto yo moviendo la mano vagamente -. Me olvidé decir que es un dragón invisible.
Me propone que cubra de harina el suelo del garaje para que queden marcadas las huellas del dragón.
- Buena idea – replico –, pero este dragón flota en el aire.
Entonces propone usar un sensor infrarrojo para detectar el fuego invisible.
- Buena idea, pero el fuego invisible tampoco da calor.
Se puede pintar con spray el dragón para hacerlo visible.
- Buena idea, sólo que es un dragón incorpóreo y la pintura no se le pegaría.
Y así sucesivamente. Yo contrarresto cualquier prueba física que usted me propone con una explicación especial de por qué no funcionará.
Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe un fuego que no quema y un dragón inexistente? Si no hay manera de refutar mi opinión, si no hay ningún experimento válido contra ella, ¿qué significa decir que mi dragón existe? Su incapacidad de invalidar mi hipótesis no equivale en absoluta a demostrar que es cierta. Las afirmaciones que no pueden probarse, las aseveraciones inmunes a la refutación son verdaderamente inútiles, por mucho valor que puedan tener para inspirarnos o excitar nuestro sentido de maravilla. Lo que yo he pedido que haga es acabar aceptando, en ausencia de pruebas, lo que yo digo.
Leído en Historias de la Ciencia

